martes, 30 de junio de 2009

Guerra metropónica

Guerra metropónica

Durante unos 13 años estuve ausente de la guerra metropónica en la ciudad de México. Cruzar la puerta de entrada del metro es algo surrealista, puedes vivir todas las experiencias que tú mente sea capaz de imaginar. Un espacio urbano, salvaje y autoritario, donde solo sobrevive el más fuerte y la ley de la evolución de Darwin se cumple a cabalidad. Un mercado, un tianguis, un circo, una feria, un concierto, un teatro, un cine. La rutina de los asalariados, de los explotados, de la clase media con un poco más de opciones y un trabajo estable. El único mecanismo de sobrevivencia de los excluidos, aquellos que se olvidan al voltear la vista o cerrar lo ojos. Los excluidos del sistema por los que no hacemos absolutamente nada más allá de un poco de compasión que no sirve para nada.

Muchas veces he afirmado que me siento como en el país de las maravillas donde no hay memoria histórica ni colectiva y absolutamente todo es posible y se olvida – la carta del menú incluye tiburones rellenos de cocaína-.

Así como Alicia a veces me siento perdida.

Pero es increíble que aun cuando queramos no encontremos una forma efectiva para ejercer la justicia en este sistema, el cual puede ser condenado por todos los delitos pero jamás perdonado por su insensibilidad humana: explotación y abuso infantil y hacia adultos mayores, trata de personas, prostitución, personas con discapacidad, artistas, profesionistas, padres y madres desesperadas, jóvenes que tuvieron que abandonar sus estudios, enfermos, etc.

Más allá de la multiculturalidad que visibiliza una fotografía de un vagón del metro en horas pico - inspiración de una tesis doctoral para las ciencias sociales desde una mirada marxista, estoniana, hobbesiana, rousseniana, aristotélica, platónica o enfoque capitalista y desde luego feminista – todas las personas, sin ningún tipo de distinción de la estructura social, pueden vivir diariamente largas filas, apetrujones en las escaleras y pasillos, así como golpecillos y toquecillos al entrar y salir del vagón.

Que decir de los retos e incontables riñas entre machos luchando por su territorio.

Que decir de las mujeres:

“ ¡Pobres mujeres! Nos repetimos, al ser relegadas del espacio urbano y económico cuando alguna mañana no se realiza la separación por sexo de vagones. Una acción que no sólo nos protege de las garras de hostigadores sexuales que incluso se disfrazan de mujer para ejecutar su delito, también implica garantizar un espacio vital en un medio de transporte que nos permite cumplir con el horario laboral y sobre todo, un lugar en la población económicamente activa reconocida como tal.

¡Pobres mujeres! Porque esta mañana recibiremos una llamada de atención por parte de los superiores, un retardo, una sanción, un descuento en el cheque; además de una agenda retrasada, un documento apresurado, una cita cancelada o pospuesta. Tal vez hoy no habrá hora para comer por recuperar el tiempo perdido.

Por si fuera poco, hoy saldré tarde, la cena no estará a tiempo, no revisaré tareas escolares y no haré el amor. Finalmente, puede ser que al dormir me de insomnio por el mal día que inició en el metro, aún cuando prevea todas las noches y madrugue todas las mañanas.”


Y aún cuando no he vivido ni una milésima parte de las usanzas metropónicas -palabra que no se deriva de una conjunción armoniosa del Latín, inspirada en las más bajas pasiones de personas que en palabras mundanas “le ponen en los vagones del metro” hoy sucedió algo lindo que dibuja una sonrisa en mi rostro de la tarde del día martes.


Por lo regular mis andanzas en el metro tienen la mayor variedad de experiencias no gratas, pero el día de hoy disfrute un coqueteo de película ¡pero no porno!

¿Has visto esas películas donde la chica es totalmente sexi y congela el tiempo en el preciso momento en que entra a una habitación o peina su cabello? Exactamente eso disfruté hoy como espectadora en el metro, justo en el momento en que un chico sentado frente a mi me miro, sonrió, se quito su gorrita y arregló su cabello, más una caricia para mi cuando sus dedos jugueteaban y se enredaban con el dorado de su color.

Sus manos…que manos…creo que me enamoré de sus manos perfectas, moviéndose con seguridad y precisión cuando retiraba a esos rebeldes que cubrían sus ojos y se enredaban con sus pestañas.

Sus ojos si bien pequeños muy profundos, su mirada mezcla de ternura, inocencia, misterio y erotismo.

Aún cuando era imposible ver su torso sus brazos revelaban perfección en sus formas.

Ya mencione sus piernas? Fueron sus rodillas las que más cerca estuvieron en algún momento, como resultado del vaivén del metro cuando el conductor no tiene buen humor y maneja mal. Entonces mis ojos recorrieron el contorno de sus piernas hasta donde la imaginación no tiene límite.

Fue imposible retirar la mirada y fijar la vista en ese letrero de un candidato x en plena campaña electoral.

Él me atrapó desde hace 2 horas 41 minutos, espero así sea en mis dulces sueños donde vivo y siento el mundo surrealista metroponico de esta mi ciudad de México.

Este 5 de julio anularé mi voto.

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